Se ha dicho de Jonathan Edwards que fue la mente más brillante del nacimiento de Norteamérica, y el último de los puritanos. Aunque el calificativo es correcto, no hace  justicia a la totalidad del carácter y corazón del Teólogo del Avivamiento[1]. Edwards fue un hombre reservado y humilde, de carácter fuerte y corazón ferviente, de emociones profundas, defensor de la  verdadera espiritualidad y el celo cristiano. No había lugar para la abstracción fría y desapasionada en él.

Mark Noll, el historiador del cristianismo norteamericano, sostiene que: “no hubo sucesores para la  cosmovisión extasiada de Dios, ni para la profunda filosofía teológica de Jonathan Edwards”[2] . Lo que es una desgracia, pero también un desafío para esta generación que  desea dar soluciones al creciente secularismo. Edwards no es solo una mente brillante, es una mente enamorada de Dios:

“El cielo que yo deseaba era un cielo de santidad; para estar con Dios y pasar mi eternidad en amor divino y santa comunión con Cristo. Mi mente se extasiaba en la contemplación del cielo, y los gozos que ahí había; y vivir ahí̀ en perfecta y santa humildad, y amor; y acostumbraba en ese tiempo a experimentar una gran parte de la felicidad del cielo, en donde los santos podrían expresar su amor a Cristo. Me parecía un gran obstáculo y una carga aquello que yo sentía dentro de mí̀ y que no podía expresar como yo quería. El fuego interno de mi alma parecía como si algo lo detuviera y lo mantuviera encerrado y no podía arder libremente como debería. Yo me ponía a meditar como en el cielo este principio debería salir y expresarse libre y completamente. El cielo me parecía grandemente deleitable, como un mundo de amor y que la felicidad total consistía en vivir pura, humilde, celestialmente el amor divino.”[3]

Aprender de la espiritualidad de Jonathan Edwards será un bálsamo en el desierto, y aliento en medio de los valles oscuros. Muchos son los testimonios de cómo el Teólogo del Avivamiento ha ayudado a curar el secularismo del corazón. Un corazón que ha perdido su deleite en Dios es un corazón enfermo, y esa enfermedad solo puede ser curada por un Avivamiento, no por tratar de ser relevantes a un mundo que menosprecia a Cristo, no por tratar de redimir lo que Cristo no nos envió a redimir. Los momentos de gloria de la iglesia fueron cuando se menospreció a sus predicadores, cuando política y culturalmente la iglesia estaba marginada. Sin embargo, la iglesia transformó el mundo por el poder del Espíritu Santo. Hoy nadie nos persigue, y la razón se debe a que no hay diferencia entre quienes invocan el nombre del Dios Santo y quienes lo desprecian.  En estos días de hipocresía espiritual en que la iglesia ha marginado sistemáticamente las realidades del Espíritu Santo, intentando sustituirlas por modas teológicas, usando los últimos conjuros de los astros de las Mega-Iglesia, solo ha provocado aburrimiento, apatía espiritual y una débil manifestación de la verdadera espiritualidad. Una espiritualidad sentimentalista, consumista y amanerada reina en nuestras iglesias.

Le estamos pidiendo  a nuestras filosofías de ministerio que traigan la vida que solo el Espíritu Santo puede dar  por medio del Evangelio. No son los proyectos los que traen vida, los proyectos y programas surgen como fruto de la comunión con Dios y la perseverancia en su Evangelio. No son solamente predicas expositivas, si estas están vacías de la comunión con Dios no tienen ningún poder. Edwards nos enseña que la predicación que Dios usa es la predicación del corazón quebrantado. Aquella predicación que no va a la Biblia para encontrar un texto que lucir en el púlpito, sino que va a la Biblia para encontrase con el Dios Trino y llevar a su pueblo a un encuentro con Él:

“Debo pensar en mí caminando hacia mi trabajo, conseguir que los oyentes se entusiasmen tanto como sea posible, que nada les emocione tanto como la verdad. Nuestro pueblo no necesita tanto llenar sus mentes repletas como que sus corazones sean tocados, y tiene una gran necesidad de una predicación encaminada a esto”[4]

Personalmente, Edwards me ha pastoreado fuertemente en los momentos de desaliento y dureza de corazón.  J.I Packer dijo que si deseas saber algo del verdadero avivamiento, Edwards es el hombre a consultar. Te animo a conocer al Teólogo del Avivamiento.

Jonathan Edwards nació el 5 de octubre de 1703 en East Windsor, Connecticut. Él era el único hijo varón de los once hijos de Timothy Edwards y Esther Stoddard, hija del Reverendo Solomon Stoddard, quien sirvió durante sesenta años como ministro de la iglesia parroquial de Northampton, Massachusetts.

El padre de Edwards fue un reconocido predicador, y al igual que muchos ministros de la época, levantó una escuela primaria en su hogar que  preparaba el ingreso de los niños al Colegio de Connecticut, y que para fines de 1718 pasó a llamarse Universidad de Yale. La primera educación de Edwards la recibió de su padre Timoteo, su hogar fue un centro de educación teológica fiel al Pacto[5]. Aquí se nutrió en la teología reformada y la práctica de la piedad puritana. El viejo teólogo Thomas Manton describe así la familia fiel al Pacto: “Una familia es el centro de educación teológica de la Iglesia y el Estado. Cuando leemos fielmente la Palabra, crecemos, la iglesia madura, y la sociedad se ve afectada por nuestra piedad”.

A los trece años se fue al  Colegio de Connecticut, inició sus estudios con Eliseo Williams, ministro congregacionalista y rector de Yale. Durante su estancia allí, Edwards escribió preciosos ensayos sobre el arcoíris y  las arañas (algo de eso se puede notar en su sermón Pecadores en las manos de un Dios airado). Al término de sus estudios se le concedió el título de Bachelor of Arts (Bachiller en letras) en 1720, fue el primer lugar de su promoción. Se mantuvo en Yale hasta su título de maestría, permaneciendo después  como profesor y ministro por un breve tiempo.

 

Pastorado, Avivamiento y Expulsión

En 1726  Jonathan Edwards fue ordenado como pastor asistente de la Iglesia Congregacional en Northampton, donde su abuelo Salomon Stoddard, era pastor desde 1672.  El 28 de julio de 1727  contrajo matrimonio con Sarah Pierrepont, con quien tuvo once hijos, ocho hijas, y tres hijos. Juntos sirvieron en Northampton por 23 años.

Después de la muerte de su abuelo en 1729, Edwards se convirtió en el único pastor allí, experimentó junto a su congregación un gran mover del Espíritu Santo en 1734-1735. Sin embargo, de esta iglesia sería  expulsado más tarde por no aceptar a la mesa de comunión a miembros que no tuviesen un testimonio claro de conversión.

La iglesia de Edwards tenía una membresía de seiscientos veinte comulgantes. Durante su ministerio predicó mensajes sobre  el arrepentimiento, la fe, la justificación, su predicación trató sobre pecados específicos y no solo los comunes, destruyendo así la confianza y moralidad común de su membresía. Estos sermones fueron la siembra del avivamiento conocido como el Gran despertar.  Catequizaba a los niños y aconsejaba a los adultos en su estudio.  Así corrigió los errores en los que algunos habían caído durante los últimos años de ministerio de  su abuelo Salomon Stoddard. Estos errores están descritos en su diario:

«Muchos están entusiasmados con la verdad, pero sus corazones quedan sin renovar; se entusiasman, están engañados y llenos de confianza en sí mismos, son violentos, cortantes y fieros, están llenos de vanagloria; son excéntricos y fanáticos, pendencieros y destructivos. Más adelante, quizá caigan en un pecado espectacular y apostaten todos juntos, o puede que se queden en la iglesia para escandalizar al resto afirmando con una base perfeccionista dogmática, que aunque lo que hacen puede ser pecado en el caso de otros, no es así en el suyo»

Luego de periodos fuertes de apatía espiritual y entusiasmo hipócrita, Dios envió avivamiento en 1734. Este fue abundante en conversiones sorprendentes. Edwards describe cómo  los jóvenes y adultos respondieron a su predicación con renovado interés, deseando un examen real de su comportamiento público y privado. Esto refleja la experiencia y sensibilidad pastoral de Edwards en tratar a las personas que pasaban por las diversas fases de su experiencia espiritual.  Las personas que visitaron Northampton notaron el cambio de clima espiritual y regresaron a sus hogares encendidos por la predicación de Edwards. Fue así que el Espíritu Santo trajo avivamiento a otros lugares también.

La esencia de un avivamiento es un corazón que desea fuertemente a Dios, y no cabe duda que ese es el corazón de Edwards:

“En 1737 una día cabalgaba en los bosques por motivos de salud, luego de bajar de mi caballo en un lugar retirado, como era mi costumbre, al caminar para contemplación divina y oración, tuve una visión que para mí fue extraordinaria de la gloria del Hijo de Dios, como Mediador entre Dios y el hombre, y su magnífica, grande, plena, pura y dulce gracia y amor y suave condescendencia. Esta gracia que apareció tan calmada y dulce, también apareció grande en el cielo. La persona de Cristo apareció inefablemente excelente con una gran excelencia suficiente como para consumir todo pensamiento y concepción – que continuó, tanto como lo calculo, como por una hora, lo cual me mantuvo la mayor parte del tiempo en un mar de lágrimas, llorando a gritos. Sentí una flama en el espíritu que no sé cómo expresarlo; permanecí en el suelo y lleno de Cristo solamente; para amarlo, servirlo y seguirlo; y para ser perfectamente santificado y purificado con una pureza divina y celestial. Tuve otras experiencias y visiones muy parecidas y que tuvieron los mismos efectos.”[6]

Después de un período de calma a finales de  1739, Edwards se vio envuelto en el Gran Despertar, que comenzó en 1740. Este avivamiento trató fuertemente con la apatía espiritual de los fieles de Northampton. Fue el poder del Espíritu Santo restaurando a la iglesia y llevándola al contentamiento profundo en Dios.

El avivamiento vino por medio de la predicación de un sermón. Jonathan Edwards ayunó tres días para  predicar uno de los sermones más famosos de la historia de la iglesia: “Pecadores en las Manos de un Dios Airado”, basado en Deuteronomio 32:35, el 8 de julio de 1741. Cuando él subió al púlpito para ministrar su sermón, no se valió de retórica, ni dramatización, solo leyó su sermón, pero lo leyó con la misma convicción con la que  había buscado al Señor durante tres días. Los miembros de su iglesia sintieron que caían al Infierno, muchos le rogaron Señor Edwards termine aquí. ¿Qué sucedió? un avivamiento estalló quemando todas las colonias Americanas.

La renovación y revitalización de la iglesia no viene por imitar al predicador de moda, ni por copiar las recetas de marketing de su mega-iglesia.  Viene por estar de rodillas delante de Dios con el corazón quebrantado, viene por un anhelo profundo de Dios:

“Muy seguido desde el avivamiento en este pueblo, he tenido visiones que me han afectado de mi propia pecaminosidad y vileza; muy frecuentemente a tal grado, de mantenerme llorando suavemente, algunas veces por un tiempo considerable, de tal manera que me he visto forzado a encerrarme. He tenido un vasto y muy grande sentido de mi propia iniquidad, y la maldad de mi corazón, más de lo que lo había tenido antes de mi conversión. Me ha parecido muy seguido, que si Dios me culpara de iniquidad, yo aparecería como el peor de toda la humanidad; de todo lo que ha existido desde el principio de este mundo hasta este día; y que yo debería tener el lugar más bajo del infierno. Cuando otros que han venido a hablar conmigo acerca de las preocupaciones de su alma, me han expresado la percepción que ellos tenían de su propia iniquidad, por decirlo así, que se les figuraba a ellos que eran tan malos como el mismo demonio; Creía que sus expresiones eran extraordinariamente obscuras y débiles como para representar mi iniquidad. Mi iniquidad, como la veo en mí mismo, hace mucho tiempo que me ha parecido perfectamente inefable, y soportando todo pensamiento e imaginación; como un infinito diluvio, o montañas sobre mi cabeza. No sé  cómo expresar mejor como me parecen mis pecados a mí, que amontonando lo infinito sobre lo infinito, y multiplicando infinito por infinito. Frecuentemente, por todos estos ahogos, estas expresiones han estado en mi mente y en mi boca, infinito sobre infinito. Infinito sobre infinito. Cuando veo dentro de mi corazón y tengo una visión de mi iniquidad, se ve como un abismo, infinitamente más profundo que el infierno. Y pienso que si no fuera por la gracia gratuita, exaltada y levantada hasta las infinitas alturas de la plenitud y gloria del gran Jehová, y el brazo de su poder y gracia extendido en toda la majestad de su poder, y en toda la gloria de su soberanía, yo estaría hundido en mis pecados debajo del mismo infierno; muy lejos de la vista de cada cosa, excepto del ojo de la gracia soberana que puede perforar hasta tal profundidad. Y aun así, me parece que mi convicción de pecado es extraordinariamente pequeña y débil; esto es suficiente para sorprenderme de que no tenga yo una mayor percepción de mi pecado. Yo sé ciertamente que tengo un muy pequeño sentido de mi pecaminosidad. Cuando he estado teniendo turnos de lágrimas y llanto por mis pecados, he pensado que sabía en ese tiempo que mi arrepentimiento era nada comparado con mi pecado. He anhelado grandemente desde hace tiempo el tener un corazón quebrantado y postrarme delante de Dios”[7]

Después de grandes manifestaciones, y de servir fielmente a su congregación por veintitrés años, Edwards fue expulsado de su Iglesia. Se levantaron falsos rumores, pero el verdadero problema era su negativa a bautizar a los hijos de los miembros que no podían dar testimonio de  la gracia salvadora. Por amplia mayoría, la iglesia de Northampton votó por no cambiar sus prácticas sacramentales. Al año siguiente, Edwards dejó Northampton con su familia, refugiándose en la colonización en la frontera de Stockbridge, cerca de la frontera occidental de Massachusetts, donde sirvió como pastor de una pequeña congregación y como misionero a los indios.

En 1757 fue nombrado presidente de la Universidad de Princeton. Viajó a Princeton para tomar posesión de su cargo en febrero de 1758. Durante este viaje se vacunó contra la viruela; pero la inoculación en sí le produjo la muerte al mes siguiente.

Sin embargo, los siete años antes de su muerte fueron años fructíferos, produjo libros que aún continúan teniendo un impacto teológico tremendo en la iglesia. El libro “El fin para el cual Dios creó el mundo” lo  puede atestiguar, así como el libro “Los Afectos Religiosos” nos muestran la gran sensibilidad pastoral del Teólogo del Avivamiento.

Algunas lecciones de Edwards para nuestros días:

  • Nos recuerda que el Avivamiento es la cura eficaz para sanar la actual apatía de la iglesia, que es producto de la egolatría de sus miembros.
  • Nos enseña que los Avivamientos son obras de Dios, y es Dios inclinando los corazones de los santos dormidos a la belleza del Evangelio, provocando un sentir más profundo respecto del pecado y de la gracia, destruyendo así nuestra auto justificación. Durante el avivamiento el trabajo normal del Espíritu Santo (convicción de pecado, gozo, experimentar la presencia de Dios) se intensifica haciendo  que la presencia de Dios entre su pueblo  sea evidente y
  • Edwards nos dice que las señales externas de un verdadero avivamiento son: la exaltación de Cristo y las evidencias del fruto del Espíritu Santo, la experiencia del corazón, diferente de una interpretación puramente intelectual de la gracia de Dios.
  • Un celo profundo por las misiones y el evangelismo, ya que el pueblo que ha sido asombrado por la gracia de Dios no se quedará quieto.

¿Qué hacer cuando vivimos en un tiempo donde el juicio de Dios es tan evidente? Iglesias destruyéndose porque el pastor abandonó a su familia por otra mujer, y luego continúa su ministerio como si nada, diáconos en adulterio, hijos rebeldes, jóvenes que abandonaron la fe de sus padres.  ¿Qué hacer cuando el favor de Dios parece que no está con nosotros? ¿Qué hacer cuando la iglesia no tiene vida? ¿Qué hacer cuando nuestros esfuerzos parecen inútiles?

Jonathan Edwards nos señala el Avivamiento. Un ministro famoso de Northampton suspiró al morir diciendo estas palabras: “todo es oscuro, no hay nada más que hacer, los santos están dormidos, y tu iglesia Señor está muerta”. Ese año, 1741 fue el año del Gran despertar.

“Dios, derramando su Espíritu Santo, equipará a los hombres para ser los instrumentos gloriosos que lleven a cabo esta obra; los llenara de conocimiento y sabiduría, así como de un celo ferviente para promover el Reino de Cristo y la salvación de los hombres y para la propagación del evangelio por el mundo. El evangelio comenzará a ser predicado con una claridad y un poder mucho mayores de lo que ha sido hasta ese momento”. Así Jonathan Edwards vivió sus últimos días, visionando nuevamente un gran despertar.

¿No volverás a darnos nueva vida,

para que tu pueblo se alegre en ti?

—Salmo 85,6

 


Publicado originalmente por Pensamiento Pentecostal